la gargantilla del diablo
Habíamos concertado la cita a las siete en el final del muelle, su yate iba a zarpar, no me lo podía creer, no le iba a ver nunca más y todo por una simple gragantilla. Éran las siete menos diez y yo estaba allí, en el muelle, mirando al atardecer, “el mas triste de mi vida” pensé.
De repente supe que estaba ahí, no vi su silueta pero pude oler su inconfundible colonia y sus profundos ojos azules se reflejaron en el mar cual dos zafiros, por fin pude ver esos hermosos ojos, aunque esa vez fuera la última.
Me llamó para que me acercara. Una sensación de culpabilidad y aprensión me oprimía el pecho. Llegué y me dijo:
- Siento mucho que nos tenga que pasar algo así pero el destino lo ha dictado, no te diré a donde voy pues no lo sé ni yo y podría ser peligroso para ti. Te llamaré cuando llegue para que sepas que estoy bien y por favor olvidate de mi persona pues solo te causaré problemas.
-Si eres tu quien me los causa no importa, pero no me pidas que te olvide pues eres el único buen recuerdo que tengo y por favor permanece siempre en contacto conmigo ¡No me olvides!
- Nunca te podré olvidar pero jamás cuentes nada a nadie o te perjudicará y ya no podremos estar en contacto.
-Lo haré, te lo prometo- le dije con el corazón heco trizas.
embarcó y vi como se alejaba en el atardecer, dejandome allí, con el corazón en un puño. Me quedé mirando fijamente, algo resplandecía en la cubierta.
¿Que era aquello? ¡No!, no podía ser, me puse a gritar:
-¡Carlo! ¡Carlo! ¡Salta del yate rápido! Me escuchó y saltó justo en el momento en el que el yate explotaba. Me lancé al agua para salvarlo y le llevé hasta la orilla.
-Por favor, Carlo despierta, Giovanni por favor. Abrió los ojos y nos fuimos a mi coche, él aun asustado exclamó:
-Luccía ¿Que ha pasado?
-Nada tranquilo, iremos al aeropuerto y compraremos dos billetes para que nos dejen tranquilos, tu padre ya no nos molestará. Yo creo que pensaba que me iría contigo y por eso puso una bomba en tu yate, querían la gargantilla, seguro. Tenemos que ir lejos y perder nuestra pista.
-Ese avaro desgraciado no nos dejará en paz, hemos de ir, pero debemos coger distintos vuelos para que no nos sigan la pista.
- Si despues cogemos otro para estar juntos ya no nos seguirán debemos ir a una ciudad donde haya bastante gente para que sea difícil seguirnos.
-Eso haremos, pero prométeme una cosa: Tenemos que destruir la gargantilla para que nuestros problemas finalicen y poder vivir en paz-
-¿ Hay que destruirla?
-Si, si no nos seguirán la pista, hazlo por mi Luccía dime que lo harás por mí.
-Si, te lo prometo
Partimos del aeropuerto de Nápoles, yo cogí un vuelo a Londres y el a Frankfurt, al llegar embarqué a mi destino final…
Al pasar unos dias Carlo y yo estabamos en un pequeño pueblo entre Alemania y Suiza, paseando juntos, felices de deshacernos de esa diabólica gargantilla.
Estaba allí, con el primogénito del Conde de Nápoles, el Duque Carlo Giovanni Fosco II
Quien hubiese pensado algo así años atras…







